miércoles, 6 de enero de 2010

Señales

Cuando estaba pensando que título le ponía a este escrito vinieron a mi memoria imágenes de la película protagonizada por Mel Gibson, pero no quisiera que el futuro sea tan distinto, porque si no, todas las enseñanzas que creí haber comprendido y atesorado perderían toda su razón de ser y un vacío inmenso se apoderaría de mi existencia.
Creo entender que los ejemplos y casi nada más que eso, son los formadores de personas. Es tan poderosa esa herramienta, es tan fundamental, que es el basamento de la familia y su realización. Cuando el decir y el hacer van en la misma dirección habremos conseguido transmitir un buen ejemplo.
También sabemos y tenemos que comprender que no somos perfectos que caeremos una y mil veces, pero además creo haber aprendido (si no es bueno recordarlo) que “Nuestra mayor gloria no está en no caer jamás, sino en levantarnos cada vez que caigamos” (Confucio 551 a C. al 479 a C.)
En nuestras vidas el segundo escalón de nuestra formación ha sido, es y será la escuela. La escuela como complemento formador de conciencia. En nuestro caso, doy fe, fue así.
De esa escuela, nuestra generación se fue con algo muy preciado; pudimos atesorar herramientas para construir en la vida, de esto doy fe también, nuestros MAESTROS no nos fallaron. De ella partió gente que podía estar de acuerdo o no con la religión, con algunas conductas, con las enseñanzas pero seguramente ninguno salió a la vida, vacío y sin elementos para afrontarla.
Yo he vuelto a esa escuela, mi escuela. Todos mis hijos han pasado (todavía hoy tengo uno) por ella y también, con mayor o menor “marca registrada” han sido entregados a la vida. El resultado de un trabajo conjunto, casa y colegio, está en ellos y el tiempo dará su veredicto.
Hoy estoy un poco preocupado, diría que desorientado. Es que hace más o menos dos años a los problemas comunes que nos entrega todos los días la conducta modernista instalada en la sociedad, es como que nuestra entidad se ha plegado en vez de tratar de batallarlos y lo peor de todo es que muchas veces se batalla con el decir y se pliega cuando nos toca hacer.
Parecería como que nuestros primeros cien años de vida nos han obnubilado. Parecería que los festejos apagaron a la reflexión.
Y aparecieron los excesos; los excesos de gastos (se gastó a cuenta), las lavadas de cara, las pinturas de paredes sin los arreglos correspondientes (hoy, a un año, ya se comienzan a deteriorar). Aparecieron los olvidos; los olvidos de los que construyeron esta historia, hubo en las fiestas mucho “presente” y salvo algunas menciones (muy pocas) nos olvidamos de los hacedores y hubo olvido del prójimo.
En el acto de cierre, en el patio del colegio, hubo un olvido doloroso, no reparamos en el prójimo. Lo que leemos en el evangelio parece que no lo registramos.
En ese patio me toco ese día ser espectador privilegiado del acto de estos primeros cien años, sentado con mi familia en el lugar que me ayudó a crecer durante mi infancia y mi adolescencia. La emoción y el recuerdo estuvieron juntos durante el trascurso del evento y a su finalización algo me empañó la satisfacción.
No se nos ocurrió mejor manera de cerrar el acto que con fuegos artificiales, y fueron varios minutos. Sin hacer hincapié en el costo (son carísimos) fui testigo y cómplice por presencia, de una cachetada al prójimo. Fueron lanzados desde la terraza del colegio, no está demás decirlo, a cincuenta metros de una clínica de internación.
Estoy viendo en la sociedad en general bastante seguido este tipo de conductas, es como decir así: “Si quiero, lo hago; tengo plata, me doy el gusto y no me importan los demás”.
Pasado ese fin de año y comenzado el ciclo escolar de 2009, todo comenzó como siempre, volvimos a llevar a los chicos al colegio y en mi caso, con la esperanza de que aquellas señales (malas señales) del antifaz de los 100 años hayan sido solo eso, señales y el retorno a batallar las desviaciones de la modernidad estuviera de vuelta en nuestro escenario.
Esperaba una vuelta a trabajar por la integración de la comunidad, esperaba el retorno a un manejo austero y esperaba una vuelta al reconocimiento del prójimo. Esperaba reconocer esa vuelta reflejada en las imágenes que nos identifican y de las que mostramos como nuestros estandartes.



Fue transcurriendo el año y nada de eso pasó, se ahondó la contaminación y nuestras fuentes fueron olvidadas y encajonadas, como muchos de los problemas cuando no se tiene voluntad o capacidad de resolverlos.
La pérdida del cuidado comunitario fue una constante. La separación de casi todo el vínculo de integración con la unión de padres, se convirtió una constante, no fueron ni llamados a opinar como comisión directiva por el tema del nuevo edificio del jardín de infantes y apartados de la fiesta del maestro, todo lo contrario de lo que se pregona y aspira.
Nos olvidamos de la austeridad, las fiestas que por siempre habíamos tratado de minimizar en sus gastos y exuberancia, fueron un derroche de gastos frívolos.
Convertimos al personal, tanto Maestros como maestranza en empleados armadores de espectáculos separándolos de sus tareas de colaboradores de actos y celebraciones.
Hemos inaugurado el curso de productor de eventos empresariales. No importa el gasto ni la gente, ni las instalaciones, la cena de despedida de fin de año la organizamos entre el museo y la terraza a más de cien metros de la cocina, varias escaleras mediante (una muy estrecha) y la ayuda de aparejos. Nos venció el capricho, “la quiero hacer ahí, no importa la gente, ni lo que cueste”, cerrando el año con un broche de oro: está confirmado, el prójimo no está en nuestros planes y queremos enseñar eso.
La fiesta cerró con baile y música a los cuatro vientos, desde la terraza, sin escatimar decibeles de potencia. Ya no fueron los 15 o 20 minutos de los fuegos artificiales del año anterior, para decir ¡acá estamos! Fueron dos horas y media de olvidarnos (a la madrugada esta vez) del vecindario y de los internados de la clínica, hasta que llegó la policía.
Creo que el oficial, cuando dijo que había que parar la música, tenía más vergüenza que nosotros.
La veleidad y el capricho no educan, simplemente deforman. ¿Qué le hemos transmitido a los alumnos del último año que estuvieron ayudando? Y ¿qué ejemplo podrán disponer los maestros cuando les toque disertar sobre contaminación acústica? Entre otras muchísimas cosas.
No estuve presente este año en ninguno de estos pretendidos eventos, lo había decidido el año pasado; no iba a acompañar a nada que no estuviera de acuerdo. Igualmente me siento corresponsable, pertenezco a esta comunidad, me duelen estas cosas sin sentido y por eso es este escrito.
Me acuerdo siempre de unos buenos consejos escuchados en algunas de las tantas reuniones con hermanos y comunidad; el Hermano Aurelio decía “jodiendo, pero adentro”, y el profesor Benicio decía que “si queremos arreglar algo, hay que marcar las situaciones pero sin nombres”, por consiguiente a cada uno de los actores, si hay reflexión, sabrá lo que le toca en suerte.

La adolescencia se ha instalado sigilosamente en nuestros estamentos educativos y formativos, se disfraza con visos de modernidad y nos invade eliminando la conciencia.
La falta de conciencia elimina el sentido de culpa y detesta la responsabilidad, la falta de conciencia es conducta adolescente.
Necesitamos entrar en reflexión, necesitamos autoformarnos como objetores de conciencia, de nuestra propia conciencia, creo que es un camino válido para recuperar los fundamentos de nuestra comunidad; si no es así, estaría como dije en el primer párrafo de este escrito, ante un vacío inmenso que se apoderaría de mi existencia.
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