Aunque todas tienen su encanto, es particularmente la época del año que más me gusta. La más calma, la más predecible, la más acogedora. Cielos claros y ambiente calmo acompañando a la naturaleza hacia su letargo invernal.
Los árboles comienzan a cambiar el color de su vestimenta, la profundidad del bosque se aclara dando paso los distintos tonos de verdes a los amarillos brillantes y a una múltiple gama de ocres.
Las primeras heladas terminan de sazonar los granos para las últimas cosechas de la temporada y disfrutaremos de los últimos días para poder regalarnos unos buenos almuerzos campestres al aire libre (parrilla o asadores mediante).
Creo que es un buen ejercicio animarse a vivir todos los momentos. Reconocer el presente y descubrirlo a cada instante en el entorno natural que nos rodea es algo que revive ciertas convicciones; en ronda slow de amigos ya lo hemos considerado y es un tema, que requerirá alguna referencia más extensa…”confort, no necesariamente significa calidad de vida”, es más me animo a pensar que no es condición absoluta para lograrla y vivirla intensamente.
Comenzar el día luego de un buen descanso y observar lo que la naturaleza nos regala gratuitamente es un buen comienzo de jornada.
